sábado, 16 de junio de 2012
Recordando París.
Nunca lo había visto, parecía un recién llegado a la ciudad, sombrero, gabardina blanca y su boca echando humo de un cigarro que sujetaba con los dedos de la mano derecha. Caminaba hacia mi con decisión con la mirada fija en el suelo. Mi cuerpo comenzó a sentir cosquilleos hasta entonces extraños, nuevos para mi, pero aunque algo incómodos, hermosos. Su rostro aún no había dejado ser visto por mis ojos aunque cada vez estuviera más y más cerca de mi. Su perfume me envolvió como ningún otro lo había hecho antes, haciéndome cerrar los ojos para disfrutarlo lo máximo posible. Deseaba poder inundar el aire con su aroma para poder tenerlo conmigo a todas horas. Nuestros caminos se juntaron, sus pies frente a los mios, ese increíble perfume era ahora más fuerte que nunca, mis cinco sentidos se agudizaron y mi piel se puso de gallina. Era extraña aquella sensación, pero deseaba que no acabase nunca. Entonces, su cuerpo chocó con el mio en un fuerte impacto tirándome al suelo. De repente mi cuerpo se debilito, me quedé paralizada y empecé a sentír un fuerte pinchazo en el corazón que no había sentido jamás. Las lágrimas caían sobre mis mejillas confundiéndose con la lluvia. Estaba empapada y confundida, a la vez que sentía la peor de las sensaciones jamás imaginadas. Él siguió su camino a paso firme mientras yo observaba las huellas que dejaban sus pasos sobre los charcos, que poco a poco iban deshaciéndose. Intentaba gritarle, intentaba que volviera a mi, pero todos mis esfuerzos fueron en vano. El humo del cigarro cada vez tenía menos intensidad, la gabardina y el sombrero eran ahora negros. Nunca más volví a tener noticias de él, Amor, le llamaban.