Ayer fue uno de esos días en los que no te apetece hacer nada, y mucho más, si el día anterior te has pegado una buena fiesta con tus amigas.. y tras haberme pasado ya la mitad de la tarde sentada en el sofá, completamente inmersa en mi portátil, una de mis amigas nos invitó a mi y a otra a ver una peli en su casa. Seguro que muchos conoceréis la película de "Camino". ¿Sabéis? nunca había llorado antes con ninguna película, ni siquiera el gran Leonardo Dicaprio consiguió hacerme derramar una lágrima con su muerte en "Titanic", pero esta niña si. Puede que quizás no haya sido simplemente la película lo que hizo que mis ojos se pasaran media película inundados, sino el hecho de yo también haber pasado por una situación muy semejante hace solo un par de meses. Pero esta niña, tenía algo, un 'no se qué', era especial.. tan joven y tan valiente al mismo tiempo, no le tenía miedo a nada, ni siquiera a la muerte.. y eso hizo que sintiera envidia de ella. Claro que al principio tuvo miedo, ¿quién no lo tendría, si se viera en su misma situación?, pero en todo momento supo afrontar lo que le venía, y lo aceptaba. Pero no solo sentí envidia de esta pequeña por su valentía, no. También la sentí, porque aunque tuviera mil y un motivos a su alrededor para no creer en nada, ella nunca perdió la fé. Porque con tan solo 10 años, comprendía mucho mejor el sentido del amor que muchas personas con 40, que se le iluminaban los ojos y le salía una preciosa sonrisa cada vez que se acordaba de su amor. Porque aunque le impidieran hacer lo que le gustaba, nunca dejó de intentarlo hasta el último momento de su vida.. Pero, sobre todo, porque su amor era un amor correspondido.
Todas soñamos de pequeñas alguna vez con ser las protagonistas de un cuento como "La Cenicienta" en el que aunque al principio siempre haya alguien que te impida conseguir a tu príncipe, éste se enamora de ti. Y como no, acabar esa bonita historia de amor con nuestro "Y fueron felices y comieron perdices para siempre".
